Testimonios de Mujeres Reales-Capitulo 2: Carmen López Suárez

El año pasado comencé en este blog mi #Retomujerreal, donde os dije que poco a poco os iba a ir mostrando historias de otras Mujeres Reales del Mundo.

En el segundo post de este nuevo año recién estrenado, os traigo el testimonio de Carmen López Suárez, creadora de ‘Hijos con Éxitos. Formación para madres y padres’.

Nuestros caminos se cruzaron hace casi un año, en un encuentro entre emprendedoras andaluzas y emprendedoras portuguesas. Un día le propuse que fuera una de mis Mujeres Reales, y ella acepto encantada. Esta entrevista lleva meses pendiente de ser publicada, y el destino ha querido que sea la primera de este año, que vendrá cargado de muchas Mujeres Reales que conoceremos a través de este blog.

Os dejo el testimonio escrito por Carmen donde nos cuenta su propia experiencia de ser una mamá trabajadora:

Cuando yo nací, en 1960, era usual ir a dar a luz a la ciudad donde vivían los padres, así que, mi madre se fue a Madrid que era donde vivían los suyos, por lo que, en mi documento nacional de identidad, aparece que soy de Madrid. Pero tengo poco o nada de madrileña, porque a las pocas semanas de nacer, mi madre volvió a Granada, donde tenía fijada su residencia con mi padre. Allí nacieron mis otros cinco hermanos.

En Granada he vivido hasta que empecé a trabajar. En Granada fui al colegio y luego, a la universidad. Primero estudié una diplomatura en filología inglesa. Siempre he sido muy estudiosa, muy trabajadora. Soy feliz con un libro entre las manos aprendiendo, estudiando, investigando, comparando. Cuando acabé, me presenté a las oposiciones de profesora de inglés en la Junta de Andalucía, aprobé y rápidamente empecé a trabajar. Durante los dos primeros años estuve rotando por la provincia de Granada, Cádiz y Sevilla.

En 1988 me quedé embarazada. Ese año ya estaba un poco más cerca (a 80 km de casa). Tuve un embarazo terrible, pero entonces si te daban la baja por algo relacionado con el embarazo, te la quitaban de la baja maternal, así que, aguanté como pude. Ese año hacía 5º de pedagogía. Quería terminar porque sabía que después tendría menos tiempo. Fue un año muy duro. En septiembre, con mi hija recién nacida, empecé el doctorado. Quería investigar, era mi pasión, pero cuando comprendí que no era posible compaginar la atención de mi hija, con el trabajo y el desarrollo de una tesis doctoral, dejé ‘por unos años’ –eso pensaba yo– mi proyecto de investigación.

Yo trabajaba a 80km de casa. Me iba a las 7:30 de la mañana y volvía a 18:30 de la tarde. Mi marido tenía, igualmente, jornadas laborales muy largas, varios días a la semana de 24 horas. Por eso tenía que dejar a mi hija cada día con una señora que tenía contratada. Me horrorizaba pensar que se tenía que quedar todo el día en manos de una persona que apenas conocíamos, pero no había otra opción.

En un principio, habíamos pensado mantener entre ambos el cuidado de mi hija y compartir las tareas domésticas. Pero, la realidad fue bien distinta. Pese a mis anhelos de igualdad, pronto comenzaron las diferencias en los papeles que desempeñaría cada miembro.

Mi marido era médico y estaba en pleno proceso de formación MIR. Él pensaba que, todas las horas de quirófano para hacerse un buen cirujano eran pocas. Yo, comenzando mi tesis doctoral. O compartíamos más, o uno tenía que dejar sus actividades extras de aprendizaje. Poco a poco, por mucho que lo quería evitar, el papel que asumía yo era el de principal cuidadora de mi hija, del entorno familiar y de las tareas domésticas. Casi sin darme cuenta, todas mis aspiraciones de compartir los cuidados de una manera equilibrada, se iban desvaneciendo.

Todos nuestros compromisos se fueron readaptando cuando comenzaron los primeros conflictos y dificultades de conciliación, tras el nacimiento de mi hija. Y por tanto fui yo, la que ajustaría mi vida laboral y de formación a las nuevas necesidades del hogar.

Entonces, hace 30 años, pensaba que mi pareja y yo éramos una excepción, pero hace poco, revisando bibliografía para una investigación, me encontré un estudio empírico de la Universidad Pablo de Olavide que me llevó a aquellos años.

Los hombres tienden mayoritariamente a evitar la implicación activa con respecto al cuidado de sus hijos, aunque parece ser que, tímidamente, algo empieza a cambiar en algunos entornos.

Es decir, los ideales igualitarios de la gran mayoría de las parejas está lejos de ser una realidad hoy en día, al igual que lo eran hace 30 años. El papel que desarrolla la madre es el que tradicionalmente han llevado sobre sus espaldas todas las mujeres a lo largo de la historia.

Mi marido encontró trabajo en otra ciudad, nos veíamos solo los fines de semana y la conciliación se complicó aún más. Cuando mi marido consiguió de nuevo trabajo en la ciudad donde vivíamos, tuve a mi segundo hijo. Aunque habíamos hablado mucho de compartir tareas y cuidados, poco cambió con respecto a mi primera maternidad. Su proyección profesional era muy buena y no la quería desaprovechar. No obstante, en mi entorno social, yo era una afortunada y mi marido era el más colaborador y entregado de todos: ‘te ayuda mucho’ –la palabra ‘ayudar’ me saca de quicio, yo quiero que comparta, pero hace 30 años, e incluso ahora, me miraban como si fuera una extraterrestre–, ‘hace demasiadas cosas en casa’, ‘va con los niños al parque’. Todos pensaban –y él mismo– que me quejaba por vicio y era muy exigente, porque realmente era un hombre ‘buenísimo’.

Yo seguía pensando en acabar mi tesis doctoral, pero tenía claro que la presencia de la madre y del padre es esencial para el desarrollo saludable e integral de los hijos. Yo sabía –y sé– que si los dos progenitores faltan todo el día de casa, con bastante seguridad, habrá consecuencias negativas en la 

evolución emocional, social, intelectual y personal de los hijos. Por eso, todos los septiembres posponía la matrícula.

 Soy consciente de que los hijos no aprenden a ser responsables, autónomos o perseverantes de un día para otro. Sé que para que interioricen ciertos valores, para que aprendan a mantener relaciones sociales constructivas, sepan autocontrolarse o decir que ‘no’ en el momento que lo crean oportuno, sin sentir temor o vergüenza, van a necesitar tiempo, guía y la compañía de la madre y/o el padre. Es un trabajo lento, de años, que exige elevada dosis de entrega y muchas renuncias por parte de ambos –a ser posible–.

Los hijos necesitan la presencia de un adulto –madre y/o padre– maduro, eficaz, seguro, sensato, sensible, cariñoso y firme a la vez, hasta que son capaces de que ciertos hábitos y comportamientos formen parte de ellos. Lo que quiere decir, que siempre debemos estar ‘por ahí’ por si nos pueden a necesitar.

 Hasta que los hijos consiguen el equilibrio y estabilidad necesarios, hay que dejarse la piel. Hay que acompañarlos hasta que llegue el momento en que, sin ayuda externa, sepan cual es el mejor camino a seguir y cuáles son las estrategias necesarias para alcanzar sus propios retos.

 Cuando mi hijo pequeño entró en la universidad pensé que había llegado ese momento. Entonces decidí que ya podía embarcarme en mi sueño. Preparé mi tesis doctoral con entrega y dedicación absoluta y la leí con Cum Laude. Finalicé algunas de mis investigaciones y creé esa empresa que siempre quise poner en marcha: ‘Hijos con éxito. Formación para madres y padres’.

 Pienso que las madres y los padres son una pieza clave en el desarrollo integral de sus hijos. De ahí la importancia de saber más sobre diferentes aspectos de la educación de los hijos y adquirir nuevas herramientas para abordar asuntos que afectan a la relación y comunicación familiar.

 Y a eso me dedico en la actualidad, a ayudar a los padres a crecer y a mejorar las relaciones en el hogar. De esa manera, una vez preparados ellos, estarán en disposición de ayuden a sus hijos a ser la mejor versión de sí mismos, a ser niños felices y capaces de alcanzar el éxito.

 ¿Qué es alcanzar el éxito? Me preguntan  muchas veces. Es saber que tienes que esforzarte para alcanzar tus objetivos y hacerlo voluntariamente sin presión exterior. Es superar los obstáculos que se van presentando. Es saber adaptarse a los cambios y solucionar los problemas con iniciativa y creatividad. Cuando los padres ofrecemos a los hijos herramientas para que gestionen su vida con eficacia y equilibrio, hemos alcanzado el éxito y estamos en el camino de ayudar a nuestros hijos a alcanzarlo también. De ahí el nombre de mi proyecto de formación.

Criar a un hijo no es dárselo todo y protegerlo de todo para que no fracase. Es poner en su mano estrategias para que sepa solucionar sus problemas. Es darle afecto, pero con límites. Deben saber que tienen unas responsabilidades que debe cumplir y que hay cosas que no se pueden hacen. Los padres tienen que aprender –a muchos parece que se les ha olvidado o simplemente no lo sabían– que son el espejo donde ellos se van a reflejar y que todo lo que hagamos servirá de referente para su comportamiento presente y futuro.

Por eso me siento tan feliz de haber intentado ser la mejor madre, imperfecta a veces, con errores otras, pero la mejor que he sabido ser. Y muy feliz por ver que mis hijos son buenos niños –adultos con 30 y 23 años– y que están en el camino de ser aún mejores.

Con el Testimonio de Carmen podemos ver que, a pesar de haber 30 años de diferencia, la conciliación y la situación laboral de la mujer siguen siendo casi las mismas. Muchas mujeres hoy día, ven limitada su carrera o modificada, dejando aparcados proyectos, al igual que Carmen tuvo que hacer con su doctorado.

Si queréis saber mas de Carmen os dejo aquí su web y sus redes.

Web: https://hijosconexito.com/

Instagram: @carmenhijosconexito

Facebook: https://www.facebook.com/hijosconexito/